sábado, 8 de diciembre de 2007

REC (Jaume Balagueró & Paco Plaza, España 2007)


Deslumbrante.


No es suficiente para describir la magnitud de esta película, pero si al menos da una idea de lo que uno ve durante los ochenta minutos que dura. Cuando la historia y el estilo se dan la mano de manera tan acertada, y además se cuenta con un grupo de actores en estado de gracia, se produce el pequeño milagro que es Rec, sin duda la mejor película española del año.


Jugando al falso documental, al punto de visto único y forzado del cámara que acompaña a la reportera en su odisea noctura junto a los bomberos de Barcelona, el film no se limita a hacer abruptos movimientos de cámara, sino que aprovecha la ocasión para conocer y profundizar en todos los personajes que quedan atrapados en el edificio. Hasta el más secundario de todos ellos parace real, lleva dentro de sí una historia que contar, y, lo que es más importante: interesa que se cuente.


Humor y horror se dan la mano sin encogerse, sin prejuicios, sin complejos, y eso hace que la frescura inunde la pantalla, que la historia se hilvane sin puntos muertos, y que permanezcamos agazapados en el sillón, como si nosotros mismos fuéramos ese cámara que asiste aterrado a todo lo que su objetivo es capaz de capturar.


En el fantástico hay películas que marcan y dejan huella; podríamos nombrar, por ejemplo, Posesión Infernal (Sam Raimi, EEUU 1982), Cube (Vicenzo Natali, Canadá 1997), The Ring (Hideo Nakata, Japón 1998), y ahora, por qué no decirlo, Rec (de la cual por cierto, ya se rueda un remake en Estados Unidos con Jennifer Carpenter como protagonista, la hermana de Michael C. Hall en esa obra maestra rodada para la televisión llamada Dexter)


Y, como las grandes películas, deja lo mejor para la secuencia final -homenaje incluido a la citada película de Sam Raimi-, con un último plano digno de las mejores obras del género, y que cumple las órdenes dadas por Manuela Velasco, la reportera protagonista, a su cámara en escenas anteriores.


Pablo, grábalo todo... por tu puta madre

jueves, 29 de noviembre de 2007

BLADE RUNNER (Ridley Scott, Usa 1982-2007)


Muchas veces me he preguntado por qué cada cierto tiempo –tres o cuatro años– vuelvo a ver Blade Runner, cuando no es una película que me apasione de manera especial: reconozco sus virtudes, pero también sus defectos. Sin duda, la respuesta hay que buscarla en su atmósfera: ese L.A. futurista, oscuro y lluvioso, de niebla eterna y humos a ras de suelo, esos colores azulados que recorren el rostro de los protagonistas de manera intermitente, y que destacan la gelidez de una historia que, de forma paradójica, trata sobre la vida –o, si se prefiere, de lo limitado de la vida.

La historia es simple: Harrison Ford recibe la misión de eliminar a seis replicantes (por cierto, ¿cuál es el sexto?), y en el transcurso de su misión se enamora de uno de sus objetivos, una bella Sean Young de ojos tristes capaces de asumir la tragedia de alguien que desconoce su propio origen y a la vez su incierto futuro. Roy Batty (Rutger Hauer), el cabecilla de los replicantes, intentará al mismo tiempo buscar una solución a la fecha de caducidad que tienen impuesta (cuatro años).

En esta última versión se sigue prescindiendo de la voz en off que poco aportaba en el primer montaje, como no fuera otra cosa que incrementar el ya de por sí aroma a film noir futurista, con la amargura del antihéroe desengañado y molido a palos en cada esquina, incómodo con su destino y desganado con su presente, bebedor y solitario, sin más vida que la ocupada por su misión.

Harrison Ford interpreta con convicción a Deckard, en un registro sombrío que queda lejos de los papeles que interpreta antes e inmediatamente después: el aventurero Indiana Jones y el cínico Han Solo. Y entre En Busca del Arca Perdida (1981) y El Retorno del Jedi (1983), aparece esta rareza llamada Blade Runner (1982), un fracaso en su momento, pero una película mitificada a lo largo de los años hasta el punto de ser ya un absoluto clásico, una película imprescindible, de culto, una joya de cine noir futurista, muy visual, capaz de crear un mundo propio, único, identificable, y que no ha envejecido un ápice con el paso de los años.

Aunque si hablamos de actores, es inevitable hacer referecia a Rutger Hauer, que con apenas quince minutos en escena, ha quedado como el icono de la película, con esa mirada única capaz de introducirnos en la locura más real (y si no, ver Carretera al Infierno (1986), una pequeña joya hoy casi olvidada, y, lo que es peor, ensuciada por el patético remake que se ha estrenado este año), y hacernos creer que no interpreta al replicante líder… sino que es el replicante líder. Supongo que no hace falta explicar qué es un replicante. Basta con ver la película.

Y destacar, cómo no, la presencia de Joe Turkel, como el sumo creador de la inteligencia artificial, al que recordamos, entre otras presencias, en las obra maestras de Stanley Kubrick Senderos de Gloria (1958) y El Resplandor (1980).

“I’ve seen things… you people wouldn’t believe”, dice, casi al final de la película, en el famoso monólogo que aún hoy Hauer sigue haciendo cuando es invitado a homenajes y festivales. Quizá eso mismo piensa Ridley Scott, que en una entrevista reciente señala a Blade Runner y Los Duelistas (una absoluta obra maestra interpretada por Harvey Keitel y Keith Carradine) como sus películas más personales. Quizá lo que no se crea Scott, ni los que vieron la película en el 82, es la evolución que después ha llevado la propia película, desde su gestación, rodaje, estreno y fracaso, y posteriores montajes: el que realizó en los noventa y el que ahora se estrena y se denomina “The Final Cut”, además de su progresiva revalorización.

Menos interesantes me parecen las cuestiones que se plantean sobre si el personaje que interpreta Harrison Ford es o no un replicante: si es un replicante, debe ser de un modelo inferior, porque a todos los que se enfrenta le apalean como si fuera un humano; y si es un humano, que parece lo más lógico, ¿a qué viene ese inserto del unicornio mientras toca las teclas del piano? Son pequeños detalles que sirven para acrecentar la sombra de una película que tiene vida propia y que cada vez es más alargada. Es lo que sucede cuando no se cierran los cabos: se fomenta la discusión y las diversas interpretaciones juegan a favor de su mitificación.

Nadie vive para siempre, así que, ¿por qué no actuar en consecuencia? Así lo hace Deckard, consciente de que, replicante o no, también él tiene una fecha de caducidad. Y así, sin salir de la noche eterna de Los Angeles (no como en la versión del 82, en la que sí salía a la luz del día), de su lluvia constante, sus sombras y su humo, entra en el ascensor con su chica, la única (¿?) replicante viva, en busca de un destino diferente. Un destino, al fin y al cabo, que la aleje de la tristeza en la que está sumida durante toda la película.

De manera irremediable, se quiera o no, ya un clásico.








sábado, 17 de noviembre de 2007

LA HUELLA, PROMESAS DEL ESTE, ONCE, GONE BABY GONE, RE3
















LA HUELLA (Kenneth Branagh, Usa 2007)

Michael Caine debería estar en un museo. Es una joya. Una puta joya de la interpretación. Podría leer el diccionario Collins de la A a la Z y parecería entretenido. Si en vez del Collins, le ponemos un texto de Harold Pinter, y lo encerramos entre cuatro paredes con otro actor capaz de darle la réplica, entonces conseguimos una obra, cuando menos, interesante, por momentos fascinante, y a ratos subyugadora.

Es una película nihilista donde la trama es absolutamente prescindible. No da la sensación de que importe quién consigue qué, sino quién es más agudo, quién da la réplica más inteligente, quién es más quick, witty, intelligent. Es una oda al diálogo. Al amor a la palabra. Y por ende, al actor. Y de lo que sucede cuando un director más que interesante como Kenneth Branagh hace que todo funcione como debería.

PROMESAS DEL ESTE (David Cronenberg, Uk & Canada & Usa 2007)

Viggo Mortensen tiene el raro talento de interpretar con igual convicción a héroes clásicos, a personajes honrados, y a villanos sin escrúpulos. A primera vista, el único actor en el que puedo pensar para realizar ese trabajo con tal perfección es Edward G. Robinson. Quizá Kevin Spacey.

Violenta, dura y sin concesiones, Promesas del Este forma con Una Historia de Violencia un dueto de películas deslumbrantes, cargadas de emociones, y de violencia, sí, pero también de humanidad y de personajes apasionantes.

ONCE (John Carney, Irlanda 2005)

Más que una película parece un pedazo de vida arrancado del corazón de Dublín. Con estilo casi documental, seguimos la relación entre un músico que toca la guitarra en la calle y una joven inmigrante checa, y como una pasión común, la música, les une.

Original, bella y desconcertante historia de amor, cuenta con una banda sonora excelente, y demuestra, una vez más, que las pequeñas historias pueden ser grandes y que el lenguaje de la música es el más universal y unificador.

GONE BABY GONE (Ben Affleck, Usa 2007)

Hubiera sido una gran película, si no es por los graves errores de casting y la dirección monótona y cansina más propia de una película de sobremesa de Antena 3 que de otra cosa. Pero claro, cuando cuentas con un material literario que proviene de un maestro de la novel negra contemporánea como Dennis Lehane, el resultado final no puede ser tan negativo.

Interesante y con un par de secuencias nada desdeñables, me pregunto que hubiera hecho alguien como Brian De Palma con este material, y con un reparto en el que no hubiera estrellas interpretando personajes secundarios que distrajesen el discurrir normal de la historia.

RESIDENT EVIL 3: EXTINCTION (Russell Mulcahy, Usa 2007)

Cuando uno va a ver la tercera parte de una película basada en un videojuego, sabe dónde se mete. Es como si uno entrara voluntariamente con el Capitan Custer a la batalla de Little Big Horn. Macho, sabes dónde te metes, así que después no te quejes.

RE3 es una película cuyo mayor empeño parecer ser querer photoshopear el rostro, ya de por sí bello y deslumbrante, de Milla Jovovich en todos y cada uno de sus primeros planos. Sin embargo, hay una escena que destaca en la película: en un momento determinado el personaje que interpreta Oded Fehr da una calada a un porro, y demuestra que, efectivamente, los fumadores pasivos están jodidos.

jueves, 15 de noviembre de 2007

EL ORFANATO (J.A. Bayona, España 2007)


(Contiene SPOILERS: para leer una vez vista)

Al salir de la sala después de dos horas tengo sensaciones encontradas, pero, sobre todo, una que prevalece sobre las demás: acabo de ver un recopilatorio, un “the very best of”, de momentos de películas de terror. Casi todas, por cierto, mejores que ésta.

Aunque superada la primera hora la película no aburre, a medida que me distancio temporalmente de ella y pienso en su trama, los cimientos flaquean, y lo que al principio había considerado entretenimiento... se transforma en irritación. Determinadas decisiones de los personajes son cuestionables, difíciles de comprender, de racionalizar, pero sí muy convenientes para el desarrollo de la historia. Y eso es traicionar al espectador. ¿Cómo si no se entiende que el marido del personaje que interpreta (es un decir) Belén Rueda la deje sola en el caserón después de todo lo que ha pasado? ¿A qué se dedica ese buen hombre mientras su mujer es puteada en ese perverso juego de volver a ser niña con los fantasmas? ¿Se lo imaginan viendo Buenafuente, tomándose una cerveza mientras su esposa permanece acojonada dando mil vueltas a la casa?

Por no hablar de que en las primeras escenas posteriores a la desaparición de Simón, el hijo de ambos, da la sensación de que tanto la madre como el padre se lo toman con demasiada tranquilidad. Hostia, que vuestro hijo ha desparecido. Un poco de nervio. Que puede estar muerto. Que es un niño. Más vidilla, coño.

O esa otra escena que se sacan de la manga y en la que el marido de Belén Rueda (¿qué le pasa a esta mujer en la boca que cuando habla no se la entiende?) le da una cadena a su querida esposa, de repente, y sin ningún otro motivo salvo el de que viene escrito en la página X del guión: “Coge esta cadena. A ti te dará suerte. Me la devolverás cuando estés con Simón” (o algo similar).

Vamos a ver. Centrémonos. En este punto de la película Simón lleva desaparecido meses. O sea, que lo más lógico es que ya sea fiambre. Vale. Cojonudo. A mitad de la película ya sé que Belén la diña, y que en el último plano el marido va a encontrar el medallón. Ooohh… Sorpresón del bueno. Una cosa es plantar para después recoger, y otra que de repente veas un flash-forward en plan Perdidos y proyectes en tu cabeza el final de la película que estás viendo, sin que esa sea, supongo, la intención del director.

Pero vamos con las cosas buenas. Ese atropello bestial a la vieja de cuyo nombre no quiero / puedo acordarme hace que, cuando el sueño empezaba a acosarme, pegue un bote que casi hago un agujero en el techo del cine. Está bien. Tampoco es original, pero sí efectivo. Y desde luego sirve para despertar a los empezaban, como yo, a aburrirse un poquito. Diría que había una escena muy similar en Destino Final, pero hablo de memoria, igual estoy equivocado. Más divertido es lo que viene a continuación, otro pequeño gran susto, con la mano de la vieja en plan “todavía estoy viva” y su mandíbulaoloquesea dislocada y bailando a su libre albedrío.

La mejor secuencia de la película tiene orígenes más distinguidos: cuando Belén Rueda juega al un, dos, tres escondite inglés con los fantasmas, no podemos dejar de pensar en esa misma técnica en secuencias de Poltergeist o El Sexto Sentido. Nada que objetar. Imitar a los maestros es obligación de todo aquél que se precie. Es una escena ésta que rebosa tensión, hace que el miedo se propague por la sala, y te transporte hasta estar con la protagonista en esa casa, respirando el aire que ella respira, y con el miedo de saber que algo que tú no ves se está aproximando hacia tu espalda.

A pesar de todo, creo que El Orfanato contaba con una historia potente que hasta podía haber tenido un final brillante, poético. Porque poético hubiera sido acabar con el plano de Belén con su hijo muerto en la ventana viendo la luz de la luna y la luz del faro. Eso hubiera hecho trabajar un poco la mente del espectador, que fácilmente hubiera imaginado que ella muere después de tomarse las pastillas, y acaba reuniéndose con su hijo. Pero claro, esta es una peli que pretende ser o parecer americana. Y, desgraciadamente, acogerse a los peores vicios del cine americano: la sobreexplicación. Que se lo digan si no a Alejandro Amenábar, y su remake de Abre los ojos, llamada en un momento de obcecación mental Vanilla Sky. Así que por eso tenemos que aguantar a los putos Niños Cantores de Viena y al Simóncete de los cojones reunirse con la Belén en el marco de la ventana. Diría que parece cogido del peor momento de la peor película de Spielberg. Y después va y lo remata con la tumba de Belén… por si alguien todavía tenía dudas de que había palmado. Y la cadenita. Joder.

Dicen que los americanos quieren hacer un remake. No deja de tener su gracia y tengo curiosidad: ¿van a rehacer para ellos mismos una película que son ellos mismos, con sus mismos tics y vicios? Eso puede ser Barrio Sésamo con notas a pié de página.

A pesar de estos inconvenientes, y aunque sólo sea por mano invisible que de vez en cuando asoma (nunca mejor dicho), y que no es otra que la del espíritu de Guillermo del Toro, El Orfanato es una película que por momentos asoma al espectador al pozo del miedo (qué presencia la de Geraldine Chaplin), y aunque nunca lo llegue a tirar al fondo, si le hace probar pequeñas pero placenteras dosis.

viernes, 9 de noviembre de 2007

CASSANDRA'S DREAM (Woody Allen, Usa&Uk 2007)


Cassandra’s Dream (Woody Allen, Usa & Uk 2007)

La primera escena de la película ya anticipa el estilo pausado de Allen, centrándose en dejar respirar a los personajes y permitir que evolucionen ante nuestros ojos. Aquí no hay montajes abruptos ni música estridente ni efectos especiales. Aquí, los efectos especiales son los actores, sus reacciones y sus decisiones ante los acontecimientos que van agriando una trama más de cine negro que de la típica película firmada y filmada por el genio de Manhattan.

Es una película sobre el triunfo, engañoso casi siempre, sobre la ascensión fácil y sin esfuerzo, sobre el filo de la navaja, sus daños, sus consecuencias. Es una historia moralista y amoral al mismo tiempo, porque hay personajes que pagan por sus actos, pero otros que se benefician. “Family is family!”, dice el personaje de Tom Wilkinson en un momento dado, y eso parece ser suficiente para que Ewan McGregor se convenza de la necesidad y los beneficios de ayudar a ese tío que hasta ahora ha permanecido más en la mítica lejanía que en el duro día a día. Casi al final de la película, es McGregor el que recuerda a Wilkinson sus palabras, esta vez en una situación diferente, y es entonces cuando se da cuenta de que para su tío la familia no ha sido más que otro peldaño para proseguir su exitosa carrera como hombre de negocios.

Colin Farrell apuesta y apuesta, y a veces gana. Sus vicios lo hacen humano. Da igual que gane o pierda. Porque sabemos que el que juega siempre acaba perdiendo. Incluso sus victorias son intrascendentes, hasta el punto de que Allen las mantiene siempre off-screen. Ni siquiera cuando la culpa lo acosa despiadadamente y busca una salida (quizá llamado “triunfo” por él mismo), lo vemos. Para Allen, el triunfo del personaje de Farell es el triunfo inútil, que más temprano que tarde causará estragos a su alrededor y a él mismo.

Por otro lado, es significativo el uso de la banda sonora. Por primera vez en mucho tiempo, Allen recurre a un músico para componer una banda sonora original. Y Philip Glass responde con una partitura que actúa como un soporte disidente que, en una primera visión, parece no encajar con las imágenes. Lejos de recurrir a música típica de género, Glass opta por darle un tono operístico, trágico, clásico; una envoltura en definitiva que remarca la “importancia” de lo que vamos a ver, no a través de una música que potencie su aspecto de obra de ficción, sino que busca el efecto de trascender a las imágenes, como si advirtiera de que esto no sólo una película, sino más bien un ensayo sobre los recovecos más oscuros de la familia. Que se proyecta en la pantalla, sí, pero que mañana podría estarlo sobre tu vida.

Secuencia magistral es la que se desarrolla bajo la lluvia, cuando los dos hermanos y el tío benefactor se refugian bajo los árboles… unos árboles protectores de la lluvia pero no de la ambición familiar que será revelada en cada una de sus aristas: el personaje de Farrell busca saldar sus deudas, el de McGregor complacer a su caprichosa amante, una actriz con veleidades californianas, y el de Tom Wilkinson, detonante de los actos que acabarán precipitándose, que trata de mantener una fortuna de muy dudoso origen.

Eros y Thanatos se dan la mano. McGregor lucha para mantener a su amante, para evitar que se vaya con sus compañeros del teatro, y si para eso tiene que cortarle las pelotas a Saturno, no lo va a dudar. Porque detrás de esa cara de chico bueno, se esconde alguien mezquino, cruel y que es capaz de hacer cosas que no hubiera imaginado, y, sin embargo, mantener la rutina diaria como si nada fuera capaz de enturbiar el mundo en que vive y, sobre todo, quiere vivir.

Esta historia de ambición, de familia, de lo que sucede cuando superas una barrera que no deberías traspasar, es también una historia con la que todos nos identificamos. Compadecemos a sus protagonistas, pero al mismo tiempo nos identificamos con sus problemas. Nos aliviamos al pensar que no somos ellos. Que no somos como ellos. Eso es lo que hace a esta película grande: su escritura, su dirección, su interpretación. Ese pequeño barco encargado de unir a dos hermanos aparece como una bella metáfora de las relaciones personales: lo que hoy es blanco mañana es negro y pasado mañana vuelve a ser blanco. O no. O sí. Tan humano como eso. Como el amor.

Al dinero, claro. Tan humano como el cine de Allen. Y tan lejano del público actual, ávido de impactos audiovisuales y no del impacto narrativo que impregna esta cinta. Vapuleada por la crítica que, en el mejor de los casos, se ha quedado indiferente ante el discurrir de esta familia que intenta tratar con naturalidad el asesinato, casi como si de una necesidad social se tratase, Cassandra’s Dream retoma la estela de Match Point y nos muestra al Allen más oscuro, y a la vez más humano, quizá porque es en la oscuridad donde más se dejan ver las verdaderas intenciones, y donde aquí el crimen se muestra como un medio efectivo para conseguir el fin perseguido.

Pero, ¿acaso no lo ha sido siempre?