
(Contiene SPOILERS: para leer una vez vista)
Al salir de la sala después de dos horas tengo sensaciones encontradas, pero, sobre todo, una que prevalece sobre las demás: acabo de ver un recopilatorio, un “the very best of”, de momentos de películas de terror. Casi todas, por cierto, mejores que ésta.
Aunque superada la primera hora la película no aburre, a medida que me distancio temporalmente de ella y pienso en su trama, los cimientos flaquean, y lo que al principio había considerado entretenimiento... se transforma en irritación. Determinadas decisiones de los personajes son cuestionables, difíciles de comprender, de racionalizar, pero sí muy convenientes para el desarrollo de la historia. Y eso es traicionar al espectador. ¿Cómo si no se entiende que el marido del personaje que interpreta (es un decir) Belén Rueda la deje sola en el caserón después de todo lo que ha pasado? ¿A qué se dedica ese buen hombre mientras su mujer es puteada en ese perverso juego de volver a ser niña con los fantasmas? ¿Se lo imaginan viendo Buenafuente, tomándose una cerveza mientras su esposa permanece acojonada dando mil vueltas a la casa?
Por no hablar de que en las primeras escenas posteriores a la desaparición de Simón, el hijo de ambos, da la sensación de que tanto la madre como el padre se lo toman con demasiada tranquilidad. Hostia, que vuestro hijo ha desparecido. Un poco de nervio. Que puede estar muerto. Que es un niño. Más vidilla, coño.
O esa otra escena que se sacan de la manga y en la que el marido de Belén Rueda (¿qué le pasa a esta mujer en la boca que cuando habla no se la entiende?) le da una cadena a su querida esposa, de repente, y sin ningún otro motivo salvo el de que viene escrito en la página X del guión: “Coge esta cadena. A ti te dará suerte. Me la devolverás cuando estés con Simón” (o algo similar).
Vamos a ver. Centrémonos. En este punto de la película Simón lleva desaparecido meses. O sea, que lo más lógico es que ya sea fiambre. Vale. Cojonudo. A mitad de la película ya sé que Belén la diña, y que en el último plano el marido va a encontrar el medallón. Ooohh… Sorpresón del bueno. Una cosa es plantar para después recoger, y otra que de repente veas un flash-forward en plan Perdidos y proyectes en tu cabeza el final de la película que estás viendo, sin que esa sea, supongo, la intención del director.
Pero vamos con las cosas buenas. Ese atropello bestial a la vieja de cuyo nombre no quiero / puedo acordarme hace que, cuando el sueño empezaba a acosarme, pegue un bote que casi hago un agujero en el techo del cine. Está bien. Tampoco es original, pero sí efectivo. Y desde luego sirve para despertar a los empezaban, como yo, a aburrirse un poquito. Diría que había una escena muy similar en Destino Final, pero hablo de memoria, igual estoy equivocado. Más divertido es lo que viene a continuación, otro pequeño gran susto, con la mano de la vieja en plan “todavía estoy viva” y su mandíbulaoloquesea dislocada y bailando a su libre albedrío.
La mejor secuencia de la película tiene orígenes más distinguidos: cuando Belén Rueda juega al un, dos, tres escondite inglés con los fantasmas, no podemos dejar de pensar en esa misma técnica en secuencias de Poltergeist o El Sexto Sentido. Nada que objetar. Imitar a los maestros es obligación de todo aquél que se precie. Es una escena ésta que rebosa tensión, hace que el miedo se propague por la sala, y te transporte hasta estar con la protagonista en esa casa, respirando el aire que ella respira, y con el miedo de saber que algo que tú no ves se está aproximando hacia tu espalda.
A pesar de todo, creo que El Orfanato contaba con una historia potente que hasta podía haber tenido un final brillante, poético. Porque poético hubiera sido acabar con el plano de Belén con su hijo muerto en la ventana viendo la luz de la luna y la luz del faro. Eso hubiera hecho trabajar un poco la mente del espectador, que fácilmente hubiera imaginado que ella muere después de tomarse las pastillas, y acaba reuniéndose con su hijo. Pero claro, esta es una peli que pretende ser o parecer americana. Y, desgraciadamente, acogerse a los peores vicios del cine americano: la sobreexplicación. Que se lo digan si no a Alejandro Amenábar, y su remake de Abre los ojos, llamada en un momento de obcecación mental Vanilla Sky. Así que por eso tenemos que aguantar a los putos Niños Cantores de Viena y al Simóncete de los cojones reunirse con la Belén en el marco de la ventana. Diría que parece cogido del peor momento de la peor película de Spielberg. Y después va y lo remata con la tumba de Belén… por si alguien todavía tenía dudas de que había palmado. Y la cadenita. Joder.
Dicen que los americanos quieren hacer un remake. No deja de tener su gracia y tengo curiosidad: ¿van a rehacer para ellos mismos una película que son ellos mismos, con sus mismos tics y vicios? Eso puede ser Barrio Sésamo con notas a pié de página.
A pesar de estos inconvenientes, y aunque sólo sea por mano invisible que de vez en cuando asoma (nunca mejor dicho), y que no es otra que la del espíritu de Guillermo del Toro, El Orfanato es una película que por momentos asoma al espectador al pozo del miedo (qué presencia la de Geraldine Chaplin), y aunque nunca lo llegue a tirar al fondo, si le hace probar pequeñas pero placenteras dosis.
Al salir de la sala después de dos horas tengo sensaciones encontradas, pero, sobre todo, una que prevalece sobre las demás: acabo de ver un recopilatorio, un “the very best of”, de momentos de películas de terror. Casi todas, por cierto, mejores que ésta.
Aunque superada la primera hora la película no aburre, a medida que me distancio temporalmente de ella y pienso en su trama, los cimientos flaquean, y lo que al principio había considerado entretenimiento... se transforma en irritación. Determinadas decisiones de los personajes son cuestionables, difíciles de comprender, de racionalizar, pero sí muy convenientes para el desarrollo de la historia. Y eso es traicionar al espectador. ¿Cómo si no se entiende que el marido del personaje que interpreta (es un decir) Belén Rueda la deje sola en el caserón después de todo lo que ha pasado? ¿A qué se dedica ese buen hombre mientras su mujer es puteada en ese perverso juego de volver a ser niña con los fantasmas? ¿Se lo imaginan viendo Buenafuente, tomándose una cerveza mientras su esposa permanece acojonada dando mil vueltas a la casa?
Por no hablar de que en las primeras escenas posteriores a la desaparición de Simón, el hijo de ambos, da la sensación de que tanto la madre como el padre se lo toman con demasiada tranquilidad. Hostia, que vuestro hijo ha desparecido. Un poco de nervio. Que puede estar muerto. Que es un niño. Más vidilla, coño.
O esa otra escena que se sacan de la manga y en la que el marido de Belén Rueda (¿qué le pasa a esta mujer en la boca que cuando habla no se la entiende?) le da una cadena a su querida esposa, de repente, y sin ningún otro motivo salvo el de que viene escrito en la página X del guión: “Coge esta cadena. A ti te dará suerte. Me la devolverás cuando estés con Simón” (o algo similar).
Vamos a ver. Centrémonos. En este punto de la película Simón lleva desaparecido meses. O sea, que lo más lógico es que ya sea fiambre. Vale. Cojonudo. A mitad de la película ya sé que Belén la diña, y que en el último plano el marido va a encontrar el medallón. Ooohh… Sorpresón del bueno. Una cosa es plantar para después recoger, y otra que de repente veas un flash-forward en plan Perdidos y proyectes en tu cabeza el final de la película que estás viendo, sin que esa sea, supongo, la intención del director.
Pero vamos con las cosas buenas. Ese atropello bestial a la vieja de cuyo nombre no quiero / puedo acordarme hace que, cuando el sueño empezaba a acosarme, pegue un bote que casi hago un agujero en el techo del cine. Está bien. Tampoco es original, pero sí efectivo. Y desde luego sirve para despertar a los empezaban, como yo, a aburrirse un poquito. Diría que había una escena muy similar en Destino Final, pero hablo de memoria, igual estoy equivocado. Más divertido es lo que viene a continuación, otro pequeño gran susto, con la mano de la vieja en plan “todavía estoy viva” y su mandíbulaoloquesea dislocada y bailando a su libre albedrío.
La mejor secuencia de la película tiene orígenes más distinguidos: cuando Belén Rueda juega al un, dos, tres escondite inglés con los fantasmas, no podemos dejar de pensar en esa misma técnica en secuencias de Poltergeist o El Sexto Sentido. Nada que objetar. Imitar a los maestros es obligación de todo aquél que se precie. Es una escena ésta que rebosa tensión, hace que el miedo se propague por la sala, y te transporte hasta estar con la protagonista en esa casa, respirando el aire que ella respira, y con el miedo de saber que algo que tú no ves se está aproximando hacia tu espalda.
A pesar de todo, creo que El Orfanato contaba con una historia potente que hasta podía haber tenido un final brillante, poético. Porque poético hubiera sido acabar con el plano de Belén con su hijo muerto en la ventana viendo la luz de la luna y la luz del faro. Eso hubiera hecho trabajar un poco la mente del espectador, que fácilmente hubiera imaginado que ella muere después de tomarse las pastillas, y acaba reuniéndose con su hijo. Pero claro, esta es una peli que pretende ser o parecer americana. Y, desgraciadamente, acogerse a los peores vicios del cine americano: la sobreexplicación. Que se lo digan si no a Alejandro Amenábar, y su remake de Abre los ojos, llamada en un momento de obcecación mental Vanilla Sky. Así que por eso tenemos que aguantar a los putos Niños Cantores de Viena y al Simóncete de los cojones reunirse con la Belén en el marco de la ventana. Diría que parece cogido del peor momento de la peor película de Spielberg. Y después va y lo remata con la tumba de Belén… por si alguien todavía tenía dudas de que había palmado. Y la cadenita. Joder.
Dicen que los americanos quieren hacer un remake. No deja de tener su gracia y tengo curiosidad: ¿van a rehacer para ellos mismos una película que son ellos mismos, con sus mismos tics y vicios? Eso puede ser Barrio Sésamo con notas a pié de página.
A pesar de estos inconvenientes, y aunque sólo sea por mano invisible que de vez en cuando asoma (nunca mejor dicho), y que no es otra que la del espíritu de Guillermo del Toro, El Orfanato es una película que por momentos asoma al espectador al pozo del miedo (qué presencia la de Geraldine Chaplin), y aunque nunca lo llegue a tirar al fondo, si le hace probar pequeñas pero placenteras dosis.
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