
Hay películas que empeoran con el paso de las horas, de los días, de las semanas. Y hay otras, como La Niebla, que mejoran. Su recuerdo crece dentro de ti, por la atmósfera, los personajes, la situación... y el demoledor final.
La novela corta de Stephen King era una pequeña joya que había permanecido oculta durante años entre el vendaval de novelas y relatos que el maestro del terror suele producir como el autor prolífico que es; podríamos describirla como un cruce entre el mundo opresivo de alguna película de John Carpenter, como Asalto a la Comisaría del Distrito n. 13 o La Cosa (a la cual, por cierto, hay un guiño en la película), con el mundo de H.P. Lovecraft... adornado, como el propio King ha comentado en alguna entrevista, con un final a lo Hitchcock.
Frank Darabont toma el material para producir una obra políticamente incorrecta, crítica con el ser humano, como individuo y como grupo, crítica con la posesión de armas, con las religiones, el ejército, la ignoracia, el abuso de poder, de información... y sí, también hay seres dentro de la niebla que no son muy agradables, pero, aunque amenazantes, parecen quedar en un segundo plano ante una película que necesita ser comentada después de vista.
Un excelente reparto de secundarios apoya la trama, la tensión creciente, la atmósfera y la identificación del espectador con algunos de ellos, preocupándose por unos y odiando a otros.
El final es para verlo y sentirlo. Para creerlo. Para creer que Frank Darabont haya conseguido encajar ese final en un mundo de películas edulcoradas, mentirosas y muy alejadas del mundo en que parece querer moverse por mensaje y contexto esta película, mucho más cercana a la década de los setenta que al siglo XXI.
La Niebla demuestra que no hay nada como el buen cine de terror para dejar al espectador clavado en la butaca cuando los créditos finales empiezan a aparecer.
Impactante, por el tono, el mensaje, lo que hay dentro de la niebla... y el final.
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