viernes, 23 de enero de 2009

IL DIVO, ROCKNROLLA & EL INTERCAMBIO







Dicen que el final del cine tal como lo conocemos, como actividad de ocio que se desarrolla en una sala oscura con una gran pantalla blanca con espectadores que voluntariamente pagan el precio de una entrada, está próximo, que cada vez produce menos beneficios, y que debido a las nuevas tecnologías su extinción ya parece algo inevitable. Si además, obsequiamos a los espectadores con películas como “Il Divo”, que se supone que es la gran película europea del año, yo voto directamente por colaborar a la extinción del Séptimo Arte, de volver a las barricadas y exigir entre todos un mínimo de decencia y honestidad cinematográfica a la hora de contar una historia, y si no se consigue agruparnos para apalear a todos aquellos que nos hagan gastar siete euros en un trozo de celuloide que nace tan muerto que es imposible que provoque en el espectador el menor sentimiento, salvo la indignación más hiriente y sonrojante. ¿Qué recuerda uno después de ver la gran película europea del año, aparte del virtuosismo del director, tan útil a la hora de narrar como unos alerones en la concha de un caracol? Sí, con películas así se comprende la decadencia del cine, pero además se simpatiza con ella, te nutre con energía para colaborar con ella, boicoteando películas de la misma calaña, tan pretenciosas como huecas, tan nutridas en su presupuesto con carentes de ninguna proyección en el mundo globalizado en el que nos encontramos.




Por suerte, hay otro tipo de películas que te hacen recuperar la esperanza, bien sea por el humor y la frescura que encontramos en ella (“Rocknrolla”), o directamente por el incontestable talento narrativo de un director con hechuras de clásico que nos deleita con su habilidad a la hora de contar una historia (“El Intercambio”).




“Rocknrolla” nos devuelve a Guy Ritchie haciendo lo que mejor sabe hacer (y que por cierto, y todo sea dicho, ya hizo mejor en “Lock and Stock” y “Snatch”), demostrando por qué nadie ha logrado imitar ese estilo cortante, intenso, cargado de humor y música, vibrante por momentos y proclive a la distorsión por hipérbole a cada recoveco que uno cruza en su mundo. Un reparto magnífico encabezado por un malo malísimo Tom Wilkinson nos lleva y nos trae por el Londres actual de mafias rusas, trapicheos y corrupción, asesinatos y extraños robos, y todo ello sin dejar nunca el lado irónico, sin tomarse demasiado en serio, pero a la vez cuidando a sus personajes, hasta al más desagradable. Ritchie ha conseguido con estas tres películas crear un tipo de cine que hace que uno, básicamente, emerja de la sala oscura con una sonrisa dibujada en el rostro, satisfecho por haber empleado dos horas de su tiempo en un viaje que ha conseguido una de las cosas más difíciles de conseguir y de entender: el entretenimiento.




Si a ese entretenimiento se le suma una historia con una estructura más compleja, que trata de reconstruir una época y un mundo desde un punto de vista realista, mostrándonos los altos y los bajos de una sociedad tan admirable por unas cosas como repudiable por otras, cargando de sentimientos y realidad unos personajes que laten en tu interior durante y después de la película, a través de una trama que conecta con el espectador desde el inicio, y todo contado sin más ambición que la de hacer un buen trabajo -que al final provoca que ese buen trabajo se transforme en una gran película-, entonces nos encontramos con “El Intercambio”, la última película del ya legendario Clint Eastwood.




Si “Rocknrolla” es una película que disfrutas con la misma facilidad que después olvidas, “El Intercambio” se queda adherida a tu anterior mucho después de verla en pantalla grande: recuerdas a su heroica protagonista, luchando por hacer valer la verdad en un mundo dominado por el hombre, y en el que la mujer aún tenía mucho terrero por ganar; recuerdas la corrupción mostrada desde el interior de esa comisaria de Los Ángeles, y como en esa misma comisaría también existen policías que ante todo buscan la decencia y la honradez, con principios y valores capaz de contagiarnos; encuentras al gran John Malkovich, un actor cuya mera presencia es ya un prodigio que sobrepasa a toda basura postmoderna envuelta en maquillaje gratuito y con ínfulas de premio; recuerdas, en definitiva, el aroma a cine clásico, donde la historia, la narración, era llevada a un punto excelso por escritores y directores, por técnicos, y por un maravilloso grupo de actores entregados al digno oficio de transportar al espectador a mundos lejanos, donde si bien no siempre se cumplían las expectativas de los personajes, si al menos se sugería una invitación a la “esperanza”, como esa madre que anhela el regreso de su hijo perdido.